martes 16 de septiembre de 2008

Noche con Fernando Fernán Gómez a través de José Pepe Sacristan

por Horacio de Dios
Buenos Aires tiene estas cosas. Ese no se qué que uno sabe que es. Por ejemplo tener a José Sacristán actuando a pocos metros en Clásica y Moderna que es una librería con escenario, bar y restaurante donde cada noche tenemos una sorpresa. Y grata. Pepe, como le llaman todos incluyendo a Sergio Renán que estaba entre los asistentes, es muy nuestro desde que vimos en cine Solos en la madrugada. Hermano de sangre teatral de Fernando Fernán Gómez que justo el 16 de setiembre de 1921 fue anotado en el Registro Civil de Buenos Aires como hijo natural, no hay nada más natural que un hijo, de la actriz Carola Fernán Gómez que lo había tenido en Lima en su gira por América del Sur. El padre, que hizo mutis por el foro, también era actor. Luis Fernando Díaz de Mendoza y Guerrero, a quien le prohibió casarse su madre, la legendaria María Guerrero (creadora de nuestro Teatro Cervantes) Nacido en las tablas, de madre y padre actores, y con semejante abuela era un patrimonio genético incomparable. Pero quien lo cuidó en esa vida trashumante fue la abuela Carola a quien don Fernando le dedico páginas memorables reconstruyendo su infancia en la Memorias (El Tiempo Amarillo) Era igual a otras abuelas en trances semejantes como Josefa, la mía. Esos recuerdos en la palabra de José Sacristán nos devolvían de cuerpo entero a ese gigante de la cultura española que murió hace menos de un año dejando detrás una obra impresionante como actor, director, escritor, ser humano. Yo recordaba la última vez que lo había visto a Sacristán en Madrid, en la gran sala del Teatro Lope de Vega en la Gran Vía con El Hombre de la Mancha junto a Paloma San Basilio en el 2000. Ahora lo tenía también en vivo y en directo emocionándome de la misma forma con otro Quijote, pero en la mesa de al lado como si fuera en el Bar del Chino de Pompeya. Y con tangos de por medio porque se escuchó Malena de la misma manera que en el Teatro Español de la plaza de Santa Ana se despidió con aplausos y gritos de ¡Bravo! a don Fernando mientras Enrique Morente, un grande del flamenco, cantaba Caminito. Fue la decisión testamentaria antes que se incinera su cuerpo junto a la bandera anarquista y le medalla de la Real Academia Española. Nunca había olvidado, y lo dejo escrito, sus primeros pasos en la avenida de Mayo cuando era tan grande, limpia y poderosa que la abuela Carola pensó en quedarse para una nueva vida pero eso si, si le dejaban al nieto. La madre se lo llevó y el resto todos lo sabemos. Esta noche, que escribo en caliente, es una de esas cosas que uno sabe porqué tiene Buenos Aires.