jueves 21 de agosto de 2008

POR LA MANHATTAN TROPICAL


Por Horacio de Dios

(Miami) La Roof Top Pool del Gansevoort de Miami está en el piso 18 y es posiblemente la más larga del mundo a esa altura. Con ascensor privado desde el lobby donde hay un acuario de cinco metros con tiburones incluidos y un ambiente que recuerda los años cuarenta. La piscina está calefaccionada por si refresca, con luces interiores y música debajo del agua, y palmeras a los costados junto a las cabañas con camas y reposeras. Es un playroom, un salón de juegos reservado para adultos porque no pueden acceder los menores. Y esa terraza de 110 metros de largo es, al mismo tiempo, spa con solárium de día y show con champagne o margaritas desde el atardecer. Es más que singular darse un baño a la luz de la luna, rodeado de mujeres producidas para esa baja luminosidad de boîte o restaurante caro. Vestidas para modelar un catálogo de diseñadores internacionales con la foto en la revista Ocean Drive, que es el house organ de ese mundo.
Estamos en el trópico, pero con el estilo de Sex and the City y del Meatpacking, barrio de onda de Nueva York cuyo nombre oficial es Gansevoort, el mismo que lleva este hotel en Miami y que es hermano gemelo en South Beach de otro hotel en Manhattan. Con la diferencia que la piscina frente al río Hudson es más pequeña y aquí siempre es verano. La rutina del cambio. Este ejemplo sigue al viento que sopla desde Nueva York para atender la demanda de consumidores para alojamientos ultralujosos (Setai, Ritz Carlton, Shore Club, etcétera), con chefs del nivel de Philippe Chow o David Bouley llegando desde Tribeca para servir langostas traídas de Boston con guarnición de trufas. Con precios al gusto. Las marcas y celebridades son los nuevos vecinos en el gimnasio de David Barton, también de Nueva York.
Es un público diferente, no sólo por su poder adquisitivo, que prefiere escapadas cortas cambiando de compañía a una semana convencional de vacaciones. Que hoy pueden estar en una discoteca en Ibiza para luego ir a cenar a Barcelona o bailar en el Budha Bar de París. Viven en el vértigo de la excitación y no llama la atención que en el frigobar, además de bebidas o snacks, tengan un kit de Seduce Mobile Intimacy que hace juego con las fantasías de las robes mullidas con la imagen de Marilyn y la música exclusiva, compuesta a medida. Miami es una ciudad donde la única rutina es el cambio. Igual que su espejo al Norte, que transformó Chelsea en un nuevo SoHo. Por eso la influencia de la Art Basel Miami Beach, la hermana menor de la feria de arte contemporáneo de Basilea, Suiza, fue la incubadora de nuevos barrios de arte en lugares antes marginales. Hoy el Design District, muy cerca de la Pequeña Haiti, concentra decoradores y artistas donde ya abrió otro local Mark Soyka, el visionario pionero de Newscafe, donde iba Gianni Versace, en Ocean Drive. Y a minutos del downtown crece Wynwood, que antes era la Pequeña San Juan por su mayoría de puertorriqueños y ahora tiene 40 galerías, cinco museos, siete complejos de arte y aloja la colección de la familia Rubell, una de las más importantes de Estados Unidos.
En el nuevo Adrienne Arsht Center (ex Carnival Centro) hasta hace poco se presentó ¡Azúcar! , musical dedicado a Celia Cruz, la reina de la salsa durante 60 años. Y ahora, al margen de sus funciones de ópera y música clásica, han recreado el ambiente de un night club que puede estar en La Habana o Miami. Con sillas de cabaret y servicio de cócteles para el espectáculo bilingüe Miami libre, con Jencarlos Canela y Everlayn Borges. La música de Timba Band fue nominada al Grammy y conmueve hasta al más rígido, invitando al público a subir al escenario y compartir el baile con rumba y chachachá junto a los 16 miembros del coro. Esto también es creación y muestra un rostro distinto de esta Nueva York tropical, con las cosas que más valen aunque no tengan precio.