Por Horacio de DiosSiempre repito que ser periodista es la manera más divertida de ser pobre. Y mucho más si viajamos a ciudades exóticas disfrutando de una vida de champagne aunque tengamos sueldos de cerveza. Por eso es razonable que el lector/a me diga: ¡Cómo lo envidio! Es un espejismo existencial grato porque contagia ilusiones. Imagínese en Kathmandu, en Nepal, cerca del sitio en que nació el Buda sentados en el jardín al atardecer viendo el perfil del Everest, el techo del mundo. Mientras el único sonido que nos acompaña es el rumor del agua de las fuentes. Con imágenes de Saraswati (Diosa de la Sabiduría) en las mesas, los símbolos Mandala en los pisos y pinturas budistas en las paredes. Las ventanas antiguas, filigranas de madera tallada son uno de los símbolos más bellos de la ciudad.No es un museo sino el hotel más singular que conozco. Las habitaciones son muy grandes, con el estándar mas espacioso en el mundo para un hotel de 5 estrellas (de 40 a 60 metros cuadrados,) y todos los elementos de confort pero sin televisor. Lo disfruto al contarlo pero me falta la cereza del postre que fue la noche en el Krishnarpan, su comedor principal. Tuve que sentarme en el suelo y usar una suerte de babero (el mismo que usó otro visitante, el príncipe Carlos). El Menú, en papel también hecho a mano y con mi nombre, igual a todos los comensales, desplegaba 16 platos, a cual mas rico: con vegetales y frutas orgánicas, sin agroquímicos. Nos atendían chicas con sus ropas típicas de polleras largas y chales rojos o pashminas, amarillos y verdes, tintineando sus collares de oro y sirviendo desde un jarrón desde lo alto sin derramar una gota sobre una copa de cobre. Igual a los escanciadores de sidra en Asturias pero de vino cultivado sobre el Himalaya.Cualquier parecido con las Mil y una Noches es simple coincidencia. Hasta Scherezada se hubiera sorprendido.
Herramientas: Crónicas de una viajero por Horacio de Dios
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada